Se cierran las flores con el sol del crepúsculo, rayos naranjas que tiñen un paisaje cargado de descuidos. No hay nada, ni siquiera sombras que asustan. Estoy sola, y aún así desearía ser invisible, una simple espía sin palabras que gritar, sin gritos que esconder.
Aquí estoy todavía. No hubo pataletas, no hubo gritos ni cosas lanzadas por el aire en tu contra. Sólo hubo tristeza. Sólo quedó algo de esperanza. Casi nada ha cambiado. Lo único nuevo que puedo exhibir es la capacidad de despertar sin ti, de conversar a solas conmigo, de ver desde el aire dónde estoy.
A pesar del dolor, hubo ganancia, hubo darse cuenta. Cada día, mientras veía tu silla vacía, comía sin mucho paladear; como si lo hiciera para solo sobrevivir. Mientras escuchaba música, me traicionaron mis manos y te buscaban en el sofá.
¡Poco a poco aprendí a estar sin compañía!, sin alguien que ocupase mis miradas, mis caricias, mis picardías. Todo eso se envolvió en un regalo agridulce que me hizo enterarme de mí, de que existo, de lo que quiero, de lo que necesito.












