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Tequila, Limón y Sal.



Mis pobres cuerdas vocales me piden clemencia, llevan un buen rato trabajando sin parar. Trago de Tequila. Limón y Sal. Y vuelta a empezar. A medida que mi sobriedad disminuye, mi afonía aumenta.
Grito, chillo, al cielo, a las nubes que esta noche me cubran las estrellas. Me descargo, abro los brazos. Me doy cuenta de que pocas veces antes había sido tan feliz. Pienso, hago trabajar a mi cerebro, las botellas de tequila no le hacen bien. Ahora pruebo con el corazón. Enamorarse no sirve de nada, excepto para sufrir. Solo un tipo de entre un millón merece la pena, y resulta que en el 99% de los casos, ya está cogido. Dejando a un lado la estadística y volviendo al mundo real, encontrar a un hombre por el que merezca la pena arriesgar es algo muy difícil. Y difícil no es sinónimo de imposible, pero, mientras tanto, yo sigo ahogando mis penas en el cielo, ese que tanto ansiamos rozar con la yema de los dedos. Solo que yo utilizo el tequila, limón y sal. Prefiero maltratar a mi hígado antes que a mi ya destrozado corazón.